¡Qué buen regalo nos ha traído Papá Noel! La ley Sinde ya está aquí. Y no, esta ley no solo representa un nuevo clavo en el ataúd del PSOE (y no nos engañemos, cuando el PP gane las elecciones, que las ganará, tampoco hará nada por revertir la situación), también significa que en España se ha decidido mantener el antediluviano modelo de negocio de la industria del entretenimiento. Es mucho mejor, ya no cerrar, sino arrancarse los ojos (y arrancárnoslos a todos los demás), que ver la realidad.
Los padres de Internet
Los padres de Internet, los locos raritos de las universidades de los años 70, crearon la red de redes sobre la antigua idea de una red de comunicación militar, y sus ideas eran revolucionarias, eran idealistas, que gritaban que nunca más la censura se saldría con la suya. Eran jóvenes melenudos con barba que recordaban con nostalgia la ingenuidad idealista de los 60. Pensaban que nunca más el conocimiento tendría precio, pensaron que este podría llegar a todos los rincones. Pero al parecer se equivocaban.
La industria del entretenimiento, ese nauseabundo y monolítico lobby llorón y malcriado, amigo del ludismo, se ha propuesto convertir el secuestro del futuro en ley. Ha travestido la libertad en norma asalariada, en ganado con marca grabada a fuego en el costado. Los caballos salvajes no son buen negocio para el que los vende (después de haberlos robado, todo sea dicho). ¡Cuántos sabios se mataron diciendo aquello de que “el conocimiento humano pertenece al mundo”!
Cuando uno de ellos mira Internet, piensa: “aquí hay mucho dinero y nadie lo está cogiendo”. Es como el imbécil que intenta hacer una escritura de la Luna. Permítanme que me ría con cosas como “la coalición de creadores” (irónico nombre, pues una “coalición” es lo que forman los que están en contra de la revolución, y creadores no es que haya muchos en ella, más bien creadores de contratos, de esos sí que hay bastantes).
Políticos "jetas"
Para colmo, los irresponsables políticos y jetas con cargo en cualquiera de las organizaciones que han manchado sus manos, se limitan a hablar de dinero. Simplifican diciendo que lo que no queremos es pagar. ¡Falso! Y para ello intentan dominar el último sector de libertad que quedaba en el mundo: el ciberespacio. Por eso, nosotros, por poner un ejemplo, ahora que nos parecemos a China porque nuestros políticos nos venden como “mano de obra cualificada y barata” para los países que son “más Europa” que nosotros, también debemos sufrir la censura China de Internet.
Lo mejor de todo es ver a un montón de creadores llegando directamente al público a través de las nuevas tecnologías, haciéndose notar, viviendo de su trabajo, mientras las discográficas y productoras se ponen de uñas (claro, porque de este negocio no pillan nada) y ponen a sus voceros, a sus vacas sagradas (esas que hace 20 años que no venden un disco, y hace 20 años no había Internet, que conste) a mover la mierda con un palo, a llorar y a decir que “estamos matando la cultura”. Esto tiene especial gracia cuando, por ejemplo, lo dice Bisbal.
Algunos genios de la historia suspiraron por un mundo de cultura libre y gratuita. Ni siquiera la gratuidad es el problema. El problema es que el matón del colegio no quiere perder el dinero del bocadillo de los niños. El problema es que la mafia quiere proteger tu negocio a toda costa, y cobrando, aunque sea de ella misma. ¿Qué sabrán los genios? Aquí el que sabe es el dinero, aunque tenga 150 años y los dientes podridos.
Todos recordaremos los días en que las manadas de caballos salvajes trotaban por las verdes praderas, poderosos, majestuosos y regios. Aquellos días en los que dictadores y regímenes totalitarios se cagaban encima por culpa de un trend topic de twitter. Y recordaremos esos días con melancolía y tristeza, porque no habrá más caballos salvajes.