Ojalá pudiéramos recobrar la mirada ingenua, no neutral, sino parcial hacia la magia y la fantasía, de un niño en navidad. Las calles ya no parecen las mismas, el costumbrismo de las viejas películas navideñas, en las que Pepe Isbert buscaba a Chencho, o de aquel cine social en el que Cassen —bajo el pseudónimo de Plácido— sentaba a un pobre en su mesa, han desaparecido casi por completo, al menos de nuestro campo visual.
El mundo y las cosas que contiene no han cambiado tanto, somos nosotros los que lo hemos hecho. Nos hemos hecho mayores. Ya dejamos atrás la primera década del siglo XXI, cuando el XX todavía está caliente y de cuerpo presente.
Recuerdo ahora las primeras navidades, hace ya toda una vida, mi vida al menos. Aquellas navidades en las cuales las fotos estaban llenas de gente —con raras vestimentas y excéntricos bigotes, es cierto—, pues no se había muerto nadie todavía. Hasta los dioses estaban vivos. Y los reyes magos. En aquellos tiempos, un año duraba un siglo y la vida era la eternidad. No existía el tercer mundo, los buenos siempre ganaban la partida, y los malos no eran tan malos —ni tan reales—.
Nos hacemos viejos. ¡Hasta el príncipe de Bel-Air ha tenido un hijo que se ha convertido en Kárate Kid! ¡Yo ya tenía un Kárate Kid, y se llamaba Daniel LaRusso, el milagro de All Valley! Los jóvenes tunean BMWs del año del culo. Ya nadie sueña con Cadillacs rojos ni con Harleys cabalgando hacia el horizonte anaranjado. Tal vez haya muerto el rock —a muerto huele—. Ya lo dijo Abbie Hoffman —el tío de la camisa de la bandera americana que sale en Forrest Gump—, y lo dijo hace muchos años: “Los 60 terminaron. La droga nunca será tan barata, el sexo nunca será tan libre y el rock nunca será tan bueno”. Hoffman también está muerto. Parece que todo el mundo lo está últimamente. Es demasiado tarde para tener fe.
¿Y saben por qué? Porque en fechas señaladas siempre ponen las mismas películas. Films que cada vez están más llenos de fantasmas, de espectros que, desde el otro lado, repiten una y otra vez la rutina a 24 fotogramas por segundo. Es la hora de evocar: el olor de una estufa de carbón, el aroma característico de una casa poblada, comidas que sin saber por qué nunca vuelve a comer…
Hace un par de días murió otro pedazo de actor, Pete Postelwhite. Otro de esos británicos que se salen en cada papel, grande o pequeño, que caiga en sus manos. Él ya es otro espectro que me mira a través del cristal mientras veo En el nombre del padre. A este paso, el calentamiento global y el fin del mundo llegarán tarde.
Ahora, para colmo, todo el mundo dice que le deben dar el balón de oro a Xavi —lo que comparto— porque se va a retirar pronto. ¡Xavi se va a retirar! ¡Y yo que lo he visto desde el primer día! Otra generación que se va, y lo hará pronto. Como la infografía de TVE en los 80, como la cortinilla de Estudio Estadio. ¡Qué lejos quedan los duelos entre Magic y Bird! ¡Qué lejos el último tiro de Jordan! Ya, hasta Kobe Bryant es viejo…
Ojalá recuperáramos la magia, y bajara el paro, y se murieran de hambre el cáncer y las enfermedades degenerativas, y ojalá los políticos, los superbanqueros, los poderosos gerifaltes oscuros recordaran los días en que no comían almas ni bebían sangre. Ojalá, en lugar de estar escribiendo estas líneas, hubiera ido a ver la cabalgata, feliz, pueril e ilusionado, absolutamente creyente. Y ojalá esta noche me fuera pronto a la cama por si vienen los reyes, y no una invasión preventiva que salve mi hígado matando mi cerebro.