Sin lugar a dudas, la santísima trinidad del cine no es otra que la vida y milagros de la más famosa saga mafiosa de la historia. Hoy voy a analizar las tres películas como un todo (y no como un toro, que decía Jesulín), ya que si por separado resultan geniales películas, juntas forman un tridente cinéfilo absoluto. Un apunte: la tercera parte ha sido bastante criticada, y si bien es cierto que es un tanto irregular y claramente inferior a las dos primeras (como sucede con casi cualquier película), sigue siendo una buena obra, y es su carácter redentor y finalizador de la saga lo que la convierte en imprescindible.
¿Qué es El Padrino? ¿Una historia de mafiosos? Bueno, pues sí, pero ese sería un análisis bastante cutre y salchichero, que diría Arús. El Padrino es una tragedia clásica en toda regla. Tenemos todos los personajes clásicos adaptados a ese mundo de gángsteres y asesinos. Vito Corleone (Marlon Brando) es el personaje clásico del rey, el patriarca; Sonny (James Caan), es el príncipe rebelde; Fredo (John Cazale), es el traidor débil y enfermizo, etc... Pero esto resulta demasiado obvio. Me gustaría, no obstante, recalcar de nuevo que el análisis de la trilogía debería realizarse sobre las tres películas.
Podemos sentirnos empujados a amar a sus personajes, y del mismo modo, podemos engañarnos pensando que Michael Corleone, el absoluto protagonista de la saga (con permiso de Vito Corleone en la primera parte ), es "el bueno de la película". Nada más lejos de la realidad. Michael es el villano. Sí, es cierto que hay otros peores y que se les considera "los malos" (Barzini, Sollozzo, Roth, Altobello, etc), pero Michael es el peor de todos, por que es el que se corrompe, el que se convierte en lo que más odia. Y lo peor de todo, es que nada es eventual, todo lo que sucede, sucede por su culpa, por sus decisiones, las cuales también sufrirá.
Michael cae en una red de malas decisiones morales que conllevan acciones de villano. Cada paso que da, le aleja de la realidad y lo adentra en la oscuridad. Michael vive una huida hacia delante que le niega absolutamente la redención (y esto es muy importante), corrompiendo a todos los que se encuentran cerca de él. A diferencia de lo que suele suceder en una película, Michael Corleone sufre un cambio moral al principio de la saga, y no al final. Desde el momento del cambio, solo tiene un pensamiento: la venganza. Este deseo se convierte en una mera escusa a medida que avanza la historia. Michael le coge gusto al poder, pero obviamente hay un precio que pagar. Michael Corleone está condenado a perder todo aquello que ama y que lo hace un hombre bueno. Michael mata, aunque nunca lo haga físicamente, a todos. Mata a su cuñado Carlo tras el bautizo de su sobrino (del que es padrino); mata su propio hermano cuando al sentirse traicionado; mata a su amada mujer, Apolonia, en un atentado que debía acabar con su propia vida; mata a su hija. Y aunque no mueren, también destruye a otros personajes, como Kay (la madre de sus hijos y el amor racional) o su hermana Connie, a la que convierte en un clón más perfecto de su misma persona, forzándola a sacrificar todo lo que ama. Michael en todo momento se justifica a sí mismo con la idea de que el mundo que lo rodea es más corrupto que él. Un mundo de políticos interesados, policías que se venden y asesinos a sueldo.
Si el joven Vito Corleone es el que inicia todo (en la segunda parte), en todo momento tiene un aura de grandeza. Sabe que lo que hace no está bien, pero desde el primer momento busca la redención. Michael no busca la redención hasta que lo ha perdido todo. Michael es cada vez más ególatra y egoista, si bien es cierto que las situaciones ponen todo de su parte para que así sea, pero es que Michael tiene la capacidad de decidir, mientras que todos los demás son peones.
En la tercera parte de la saga (y ahora verán por qué es indispensable para que las tres películas queden redondas), Michael mira atrás y no le gusta lo que ve. Es ahora, y solo ahora, cuando Michael busca la redención, la necesita, pero no la encontrará, es demasiado tarde. Todos los fantasmas de su pasado se le aparecen, y la culpabilidad por las consecuencias de todas sus acciones salen a la luz. El amor sacrificado, la belleza perdida, la bondad malgastada, el hermano asesinado... Lo peor para él, es que se da cuenta de que, solo destruye aquello que ama, y precisamente está dispuesto a sacrificarlo por conseguir su meta, que no es otra que la venganza. Es entonces cuando comprende la grandeza de su padre y las miserias de su mundo. Las conocía, pero no era consciente de ellas, se engañaba a sí mismo para no verlas. No puede cambiar, quiere, pero no puede, y como acto final muere su hija, en Sicilia, su tierra natal, como sucediera con su joven mujer muchos años atrás, Apolonia. Las raices exigen el sacrificio, la sangre llama a la sangre. Entonces lo pierde todo, absolutamente todo. Se siente asqueado de su poder y lo delega, se va a vivir tranquilamente al campo para envejecer y ver pasar los años, intentado olvidar, buscando el perdón por sus actos (pero no hay nadie ahí para perdonarle), completamente solo (la soledad de Michael, siempre rodeado de gente, es absoluta en las tres películas). Michael sabe que la redención solo llegará con su propia muerte, y es esa muerte tranquila (similar a la de su padre), bucólica, en su vejez de hombre consumido y cansado, en su casa, en su tierra Siciliana, en sus raices, una bella manera en la que esta por fin le alcanza. Solo hay un perro allí para acompañarle, pero Michael por fin es feliz, porque el dolor acaba y la redención (toda la que se puede permitir tras sus actos) ha llegado.